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Crcega: un paraso en el Mediterrneo

Crcega: un paraso en el Mediterrneo

  • Viajes
  • 25 junio 2011
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Acabo de volver de mis vacaciones en Córcega y ya siento morriña. Sin embargo, saboreo el gusto de la victoria, de la satisfacción que te da haber disfrutado de una semana en este auténtico paraíso de aguas cristalinas, playas de arenas de todos los colores e impresionantes montañas. En estos siete días y más de mil kilómetros visitamos pueblos imposibles esculpidos en montañas, luchamos contra el viento junto a molinos a lo Don Quijote, nos encaramamos a ciudades colgadas de acantilados, buceamos en islas salvajes, presentamos nuestros respetos a Napoleón, paladeamos quesos corsos e incluso tuvimos tiempo para torear vacas en la playa (literalmente).

Debido a su situación estratégica en medio del Mediterráneo, griegos, romanos, sarracenos, genoveses, franceses e incluso españoles han sometido, conquistado, saqueado y maltratado Córcega. Este historial tan convulso parece haber moldeado no sólo el carácter de los corsos, muy orgullosos de su tierra, sino la orografía de la isla que muy a menudo se torna escarpada, agreste y, en ocasiones, inaccesible. Sin embargo, este aparente desdén hacia el extranjero es lo que le confiere autenticidad a la isla, y la convierte en un destino perfecto si lo que quieres es huir del turismo masificado del todo incluido.

Córcega tiene que ser degustada con calma, se tienen que paladear todos los matices, como un buen vino: no es un  producto de consumo rápido. Allí el tiempo se detiene en pueblecitos de piedra y pizarra en los que ancianos más viejos que las montañas ven pasar el tiempo sentados en un banco mientras con la mirada llena de sabiduría y una afable sonrisa observan a los pocos turistas que hay.

A continuación, os voy a destacar los momentos más reseñables de nuestro particular tour a la isla:

Cabo Corso

Playa de arena negra de Nonza.

El ferry proveniente de Génova nos dejó en Bastia, kilometro cero de nuestro itinerario. A continuación, nos subimos a la furgoneta y tomamos dirección norte, adentrándonos en el extremo norte de la isla, el denominado Cabo Corso. Escoltados en todo momento por las torres genovesas desparramadas a lo largo de la costa, descubrimos que éramos más vulnerables de lo que pensábamos al mareo. Afortunadamente, la espectacular naturaleza de este litoral compensa las terriblemente tortuosas carreteras. Un sinfín de pueblecitos encaramados a las montañas, en los que de un momento a  otro parece que va asomar una procesión de lugareños junto a una banda de música local celebrando el matrimonio entre miembros de dos clanes, se suceden en el camino. A destacar Centuri, una aldea de pescadores con encanto en el que una especie de Chanquete de porcelana (luego nos percatamos de que parpadeaba) contemplaba la puesta de sol, y Nonza, un bastión sobre un risco desde el que se domina una playa de arena negra.

Calvi

La ciudadela de Calvi y la baha.

Para muchos la joya de la corona. Una ciudadela sobre un peñón que domina una espectacular bahía de aguas transparentes. Llegamos un sábado dispuestos a probar la noche corsa y desde luego no nos defraudó: mención especial merece la discoteca Tao, situada en una antigua fortaleza dentro de la ciudadela con espectaculares vistas a la bahía.

Sin embargo, lo más reseñable de esta etapa fue el susto mortal que nos dimos en la espectacular playa de Ostriconi. El escenario: una playa salvaje de difícil acceso, atrapada entre el mar y una laguna junto a la que pasta el ganado. Los protagonistas: mis dos amigos y servidor. El antecedente: mientras disfrutamos del increíble paisaje pasan junto a nosotros un par de simpáticos terneros, escena entrañable y curiosa que nos dibuja una sonrisa en el rostro. El incidente: una sonrisa que rápidamente se me borra del rostro cuando de pronto me giro y veo que un par de vacas (yo diría toros), de un tamaño lo suficientemente grande como para hacerme palidecer (y eso que soy moreno), se dirigen directamente hacia mí a una considerable velocidad. Reacción: me abalanzo hacia la laguna mientras emito un gruñido lo suficientemente audible para que uno de mis amigos alerte al tercero, que está leyendo sentado en una silla lata de cerveza en mano. Uno de los animales (las vacas, me refiero) empieza a vacilar y a hacer eses con lo que mi tercer amigo (el segundo ha conseguido sortear a los bovinos como buenamente ha podido), ya erguido, con media cerveza sobre la camiseta y las gafas de sol colgadas de una oreja, no sabe hacia donde moverse para esquivar al bicho. Finalmente, los animales pasan de largo y desaparecen a toda velocidad entre el follaje que rodea la laguna. Quién nos iba a decir que acabaríamos toreando en una playa de Córcega.    

Ajaccio

Las Islas Sanguinarias.

La ciudad natal de Napoleón. Quizás el único chasco del viaje. Una ciudad relativamente fea, cuyo único encanto se concentra en un par de calles de la zona vieja, el museo Fesch (en honor al tío materno de Napoleón), la casa natal de Napoleón y un fuerte que domina la entrada al puerto. La parada se justifica más si tienes tiempo para visitar las Islas Sanguinarias a unos 10 kilómetros al oeste de la ciudad, una reserva natural que debe su nombre al color rojizo de la piedra.

Bonifacio

Bonifacio: la ciudad colgada de unos acantilados.

En mi opinión, la etapa número uno del viaje. Se trata de un pueblo asomado a unos acantilados, literalmente colgado, con una entrada natural que acoge un pequeño puerto de recreo. Una vez más, nos encontramos con una ciudadela de calles sinuosas encaramada a un risco (prueba de los innumerables ataques a los que se veían sometidas las ciudades corsas). Si visitas Bonifacio, merece la pena hacer una excusión en barco a las Islas Lavezzi, reserva natural no sólo de especies marinas sino de todo tipo de multimillonarios, entre los que se encuentran Gerard Depardieu, que edifican sus mansiones en primera línea de playa. Además, el barco recorre algunas de las numerosas grutas erosionadas a los pies de los acantilados, entre las que destaca el chapeau du Napoleon (“el sombrero de Napoleón”), que debe su nombre a la forma de bicornio de la entrada.  

Bastia

Bastia. Puesta de sol en el puerto.

Y volvemos al punto de partida. Algo cansados y en cierta manera abrumados por los espectaculares escenarios naturales, nuestro espíritu urbanita nos pide un poco de acera y calzada. Tras el aparente caos de fachadas vetustas se esconde una ciudad con mucho encanto y que, tras una primera impresión algo pobre, se ha revelado como una de las paradas más interesantes del viaje. El pintoresco puerto dominado por las dos torres de la iglesia de San Juan Bautista acoge innumerables terrazas y garitos. Una vez más, ya casi por instinto, nos encaramamos cual cabras por empinadas pendientes a la ciudadela, en donde disfrutamos de nuestra última cena corsa en una terraza con una increíble puesta de sol como telón de fondo. Un escenario perfecto para el colofón de un viaje muy intenso y muy recomendable.

Trip

Trip

19 noviembre 2014

Hola, he ledo tu viaje, es de lectura amena pero tambin informativo, como debe ser jaja. Como alternativa a tu itinerario te paso una web que recomiendo, se llama Tripetea. En www.tripetea.es/de-vacaciones-a-corcega-provincia-romana-duran tambin proponen una ruta por Crcega, coinciden con algunas de las visitas con vosotros y tambin hay de nuevas. Espero que le sirva a alguien, saludos!

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fernando

fernando

12 diciembre 2013

Manda carallo....friqueando para viajes y me encuentro esto. Ya le echare un vistazo con mas calma pero tiene muy buena pinta. Creo que te voy a pillar un par de tips para mi proxima vuelta a Berlin.
Cuidate mucho crack

Te dejo documento grafico impagable.

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Un poco sobre mí

Jon Barral - Diseñador web Tras Jondeblog se esconde Jon Barral. Soy un diseñador web donostiarra, aficionado a la música, la literatura, el cine, la historia y viajar. Si queréis, podéis visitar mi portfolio.

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